lunes, 18 de mayo de 2009

Döner, döner...


La chica se acaricia el vientre ovalado. Después, se muerde una uña. Lame una falange y mira al chico. Éste recuesta su peso sobre el codo derecho y mira hacia el interior del restaurante. El pan de pita se calienta en la plancha. El camarero prepara el pollo y la salsa. Una cucharada en el líquido blanco. Otra en el rosa. Lechuga y cebolla. ¡Listo!. Ahora falta el lahmacun. La pizza turca. Envuelta en papel de plata, como un regalo para los estómagos globalizados. A penas hablan. Tienen hambre. Susurran. Se acercan sin llegar a besarse. Él no aparta la vista del döner, el rollo que calienta la carne. Cuando se levanta a por la bandeja, ella sigue sus pasos con la mirada y vuelve a acariciarse el vientre. La chaqueta del chándall ya no disimula la curva ni la evidencia.
Los iraníes comían Kebaps y Lahmacuns en la antigüedad para celebrar el Año Nuevo. Eso ellos no lo saben. Quizá no sepan ubicar Irán en un mapa. Tampoco saben que nosotros sí sabemos que tienen 19 años. El primer bocado de ella parece ir acompañado de un qué pasará con este niño. El de él más bien con un cuántos puntos le sacamos al Osasuna. Vuelven a susurrar y miran el reloj. Después los carteles del cine, a lo lejos.
Esa panza no es un exceso de comida turca. Quizá de caricias.
¿Está bueno, eh? Le dice él a ella, alzando un poco la voz. Tú si que estás bueno.

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